A los caballos no les gusta el rejoneo.

En el ambiente ecuestre en el que vivo, me apena comprobar como todos los años personas cercanas, amantes de los caballos y de los animales en general y a las que no les gusta la tauromaquia, justifican su asistencia a las corridas de rejones “por ver el espectáculo del caballo, cuando van a matar al toro me voy”- dicen.

Los caballos no son toreros. En la plaza están obligados por sus jinetes a enfrentarse a un peligro del que, en condiciones normales, huirían. Los que nos dedicamos a los caballos sabemos lo sumisos y nobles que pueden llegar a ser, hasta el punto de perder la vida por miedo a desobedecer. No es ético ni leal que un jinete someta a su caballo a ese riesgo.

Pero qué bonito es ¿verdad?, qué bonito cuando el caballo amenazado por el toro y aterrorizado al no poder escapar, trata de impresionarle corbeteando, piafando, haciendo piruetas y cabriolas y… qué bonito cuando el toro no se deja intimidar y embiste y el caballo se pone de manos y hace quiebros y… qué bonito cuando el pitón del toro perfora su estómago y lo mata. ¡Es que son tan bonitos los caballos, oiga!

Nunca es justificable la belleza fruto del terror.

Quien quiera ver un caballo luciendo toda su belleza, puede hacerlo contemplando un caballo en libertad. Si queremos movimientos espectaculares en una sola dosis los tenemos en una buena reprisse de Doma Clásica, o en un espectáculo de Alta Escuela, que se parece un poco más a la idea del caballo “chulo”, “torero” que tanto gusta ver en las plazas.

Respecto al público de los festejos, no entiendo que haya personas que paguen por ver cómo se pone en peligro la vida de un caballo y menos aún de una persona. Y hablo de pagar porque ésta claro que si el espectáculo fuese gratuito no habría ni toreros ni caballos de rejoneo. El pacto es este: yo te pago y tú arriesgas tu vida.

Papá Estado se vuelve loco con la prevención de riesgos laborales, la prevención de drogodependencias, la prevención de accidentes de tráfico, prohibido suicidarse y menos aún tener derecho a morir dignamente, y sin embargo autoriza promueve y fomenta un espectáculo donde un individuo llamado torero se gana la vida poniéndola en riesgo, y cuanto más la arriesga, más gana, más espectáculo, más caché, más caja.

Vaya paradoja macabra.

 

Perdón por las fotos, a mi también me han entrado ganas de llorar, supongo que cuando el pobre caballo tordo  arrastró sus intestinos por plaza el público llegó al éxtasis.

Elixabete Meabe

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